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Más que cualquier amor.

Campillo de Altobuey es un pequeño pueblo en la provincia de Cuenca que esta situado casi a mitad de camino entre Madrid y Valencia. Campillo es una localidad rural de poco más de 1500 habitantes donde a comienzo de este siglo los deportes que se practicaban eran el fútbol y el frontenis en la temporada de verano. Estando yo en mi adolescencia, pocos eran los que salían a correr y los que lo hacíamos éramos literalmente señalados. Si salir a trotar era algo extraño, ver a alguien hacer más de un largo, poco más de 20 metros, en la piscina del pueblo, era algo casi tan extraño como la presencia de aquella guapa australiana sentada con su enorme pamela en la orilla de la piscina.

Mi padre es la persona más trabajadora que jamás he conocido, aun jubilado pasa 7 días a la semana en el campo, por lo que no fue el quien me enseño a nadar, es más, creo que nunca lo he visto con un bañador puesto. Mi madre es una gran aficionada a ver tenis y El Tour en televisión, pero siempre se queda dormida durante las retransmisiones que coinciden con la hora de la siesta. Si trabajar fuese considerado un deporte, probablemente mi padre sería campeón olímpico, el no entiende que emplee tanto esfuerzo en algo sin beneficio; así son los hombres de campo de la mancha.

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Con Santiago Campo en la clásica de Portsea.

Tengo muchos recuerdos de mi infancia; multitud de ellos en la piscina del pueblo. No es una piscina climatizada donde los niños van a aprender a nadar durante todo el año, no es así; esta descubierta y únicamente operativa durante un par de meses en verano. Uno de los recuerdos más claros que tengo de mi infancia es el de aquella tarde de verano en la piscina. Apenas estuve una hora, ya que una enorme tormenta interrumpió mi baño. El director del colegio que estaba por allí con su familia me llevó a casa en su coche evitándome así volver andando bajo un gran diluvio.
Recuerdo que mi madre me miró con cierta pena mientras comentaba que me advirtió de la tormenta. Yo le respondí entusiasmado, que había merecido la pena, que por primera vez había nadado un ancho de la piscina, que había aprendido a nadar yo solo! Mi madre sonrió y se fue a prepararme la merienda. Por aquel entonces tendría cerca de 6 años, si alguien en aquel instante le cuenta lo que años más tarde le sucedió a aquel niño que quería ser agricultor, nunca lo hubiese creído.

 

Tendría 12 o 13 años cuando bajaba a la piscina del pueblo esporádicamente durante 5 semanas de verano ya que a mediado de agosto cambia el tiempo y el agua pasaba de estar fría a gélida. Nadaba 80 largos, uno a crol y otro a braza, repitiendo el ciclo 40 veces.
Un par de años más tarde eran 10 seguidos a crol antes de un pequeño descanso, lo repetía 8 veces; menos de 2km. Para mi era toda una proeza, para el socorrista que me observaba inquieto aun lo era más; seguro que durante el tiempo que estaba nadando no me quitaba ojo, pensando que de un momento a otro tendría que lanzarme el salvavidas.

Con 17 años descubrí por primera vez lo que era una piscina climatizada, la que hay junto al estadio Carlos Belmonte en la ciudad de Albacete. Aquella fue además la primera vez que me puse un gorro de natación, también descubrí lo que era un “pull bouy”, lógicamente pedí uno prestado. Terminé la sesión con un record, 120 largos; 3Km! Aquel sábado por la tarde la piscina estaba vacía, todo el mundo estaba disfrutando de los últimos días de feria. Nunca antes había nadado 3 km, debería estar cansado, pero no, estaba pletórico, orgulloso y encantado de saber que podría disfrutar del placer que produce nadar durante todo el año. El lunes volví con gafas, gorro y bañador nuevo y con un pull bouy Arena blanco y azul que aun conservo. Me dirigí a la taquilla y esta vez no fue para comprar un ticket, esta vez fui para hacerme socio por un año.
Puedo detectar fácilmente quien es un buen nadador natural viéndole nadar durante 100 metros. Me atrevería a decir que a mi no se me da mal, es algo natural. Soy capaz de auto-corregirme, de imaginarme trazando las brazadas, de experimentar diferentes habilidades y sobre todo de sentir el agua deslizándose sobre mi cuerpo. Quizá si hubiese nacido en un lugar con una piscina disponible todo el año, si mis padre me hubiesen llevado a aprender a nadar después del colegio quizá hubiese podido hacer carrera de nadador, aunque es más probable que no me hubiese gustado. este deporte de alguna manera ha sido mi momento de rebeldía constructiva, si me hubiesen llevado a nadar, seguramente no lo hubiese hecho con gusto.

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En el pier de Bournemouth.

Fue con 20 años cuando por primera vez tuve un entrenador de natación, de triatlón para ser exacto. Era una novedad que alguien me dijera haz esto y lo otro. Antes ya había participado en varios triatlones, uno de ellos olímpicos, siendo asombrosamente la natación mi fuerte en este deporte.
Quitando el par de semanas de verano que fui a nadar con la Puri y su hermano Oscar siendo bien niño, nadie me había dicho como meter la mano para ser mas eficiente, como empujar, como hacer la patada, hacia donde respirar, nadie me había enseñado a tirarme de cabeza, nadie más que yo mismo puso empeño en que disfrutase nadando. Ceci, un ibicenco con buen curriculum en triatlón fue el primero que me dio ordenes desde la orilla.
Una lección que he aprendido nadando es que cualquier acontecimiento que sucede es para hacerte más fuerte si tienes la actitud correcta.

Hace bastantes años, un domingo 11 de Octubre, fui con mis amigos a la por aquel entonces popular “Goa” en un polígono industrial a las afueras de Madrid. El lunes era festivo, a si que decidimos seguir con la fiesta y terminamos en la Posada de las Ánimas, hasta que 15 horas después de empezar en el parking de la discoteca, nos marchamos a casa.
No fue una idea brillante retomar los entrenamientos tras las tres semanas de rigor descansando. Habiendo dormido muy poco me subí a mi bicicleta de montaña y una hora después estaba en la ambulancia camino de la Jimenez Díaz con un dolor terrible y un hombro considerablemente hundido; me había fracturado la clavícula tras una horrible caída.

Creí que no volvería a nadar, que arrastraría secuelas y que se me vería deformado. Puse cuidado en la recuperación, fui realmente cauto y paciente antes de volver a empezar. Cuando finalmente estaba listo me lancé a nadar de nuevo, esta vez bajo las ordenes de Jordi Jimenez. Tras la caída pensé que no podría volver a hacerlo de nuevo; pero no fue así; no solo estaba entrenado si no que aquello fue un motivo para cambiar mi estilo nadando, para depurarlo. En poco tiempo era capaz de nadar mejor que nunca. Todos los dramas tienen en la parte de atrás una etiqueta en la que se puede leer oportunidad.
Sucede que cuando un chico de pueblo se traslada a estudiar a Madrid y a en una residencia de estudiantes en la Gran Vía es probable se dedique a salir de fiesta y quizá también a estudiar. Lo primero lo hacia, aunque mucho menos que el resto de las inquilinos de ARTI. No dejé de lado mis estudios en absoluto. Asistía a la gran mayoría de las clases y preparaba los exámenes y presentaciones con cuidado aunque a mi mente le resultaba complicado centrarse solo en los desafíos de la universidad.
El segundo año de carrera empecé con el hábito de ir a entrenar la natación; me encantaba ir a los entrenamientos. Coger la Linea 10 de metro en plaza de España hasta Príncipe Pío, después el autobús 513, 514 o 517 si no recuerdo mal hasta San Jose de Valderas y finalmente un ratito andando hasta la Canaleja. Terminábamos a las 10 de la noche y tocaba volver a casa: Mismo trayectos pero a la inversa acompañado de Alberto, con la incertidumbre de saber si llegaríamos a la hora de la cena. Otros días la vuelta era hacía la calle calle Arenal para ver a Maria. La felicidad absoluta esos días era verla y escuchar que había dejado algo de cena hecha. El cielo tiene ganado la burgalesa.

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Sri Lanka

No temo demasiado a la muerte, creo que si hoy mismo llegara mi hora habría vivido más de lo que realmente me correspondía. Me gusta repasar las situaciones surrealistas que he vivido, los sitios que he visitado, lo que he hecho alejado tanto de lugar como de contexto. Siempre he estado fuera de la linea que a uno se le marca cuando nace. Jugar a los bolos con tus compañeros de trabajo en Darlin Harbour, bañarme con tortugas gigantes en Sri Lanka o enamorarme de una preciosa australiana mientras montaba en bici el día de navidad estaba fuera del camino marcado. Quizá yo debería ser un chico de los que deja el instituto para trabajar en el campo. Quizá debería estar subido en un potente John Deere y casado con una chica del pueblo. Quizá debería ir a cenar los domingos a un bar del pueblo; lo normal sería que en vez de una bicicleta de carbono tuviese una escopeta de caza, vacaciones en Benidorm y una casa con un enorme patio donde celebrar una parrillada algún sábado de agosto. Quizá este fin de semana lo debería haber pasado sembrando uno de los campos en vez de de escribiendo en un una cafetería de South Melbourne, pero a si de caprichoso he sido, me propuse engañar al destino. Algunas veces me pregunto si no hubiese sido mejor haberme dejado arrastrar por lo que era normal, probablemente tendría menos quebraderos de cabeza; pero así soy, me aficioné a nadar y gracias a ello he vivido experiencias extraordinarias, como la de aquel sábado hace cerca de dos años.

A primera hora del sábado que acabo de mencionar decidí salir a montar en bicicleta; no podía permitirme nadar únicamente 800 metros un día del fin de semana cercano a la temporada de triatlones. Por aquel entonces apenas llevaba un mes trabajando para Tri-Alliance, era importante que me conociesen, involucrarme en el equipo, por lo tanto salir con ellos a montar era fundamental. Después de más de 60 km a buen ritmo con los futuros “finisher” del Ironman de Melbourne el neumático de mi rueda explotó. Fue un gran estruendo; el sobresalto casi me hace caer de la bicicleta. Nunca antes me había sucedido algo así. El neumático prácticamente nuevo tenia un agujero en el que bien cabrían un par de dedos. No entreno con un de repuesto, por lo que o bien caminaba hasta una estación de tren o llamaba a Jess para que viniese a recogerme. Tenia una competición que nadar a si que hice la llamada esperando que ella estuviese despierta. Afortunadamente lo estaba, llevaba un rato mirando videos de cachorros en Youtube. Hice los cálculos y si nada pasaba llegaría para tomar la salida.

En multitud de ocasiones he oído aquello de las señales, de que si sucede algo que se entromete en tu plan es una alerta para que no sigas adelante, señales del destino para no tomar un avión, salir con una persona o quedarse en casa con el pijama puesto. No me tomé aquel reventón como un pretexto para no tomar la salida e irme de brunch con Jess, podría ser una excusa perfecta para no participar en una competición que tenia planeada como una sesión de entrenamiento, como una experiencia en la que participar más que una competición que disputar. Recuerdo que me queden esperando su llegada y sintiendo que aquel día seria épico; sucedería algo que siempre recordaría.
Apenas hay un km desde el apartamento en el que vivía entonces y la playa de St Kilda donde se disputaba la competición. Aquel trayecto lo hice en bicicleta escuchando canciones que me pusieron en modo competitivo instantáneamente. Estaba eufórico! Quizá fuese el café doble o la activación tras aquellos kilómetros frenéticos en bicicleta al amanecer pero me encontraba rebosante de energía y decidido a nadar realmente rápido, esperaba ser uno de los mejores no nadadores de la prueba.

Media hora antes de empezar, mientras me enfundaba el neopreno, vi como se acercaba un tipo de casi dos metros con una envergadura monstruosa. El muchacho trata consigo un séquito. Muchos de los que esperaban el comienzo de la prueba se hacían fotos con aquel tipo al que su físico delataba como nadador. Cabeza afeitada, tatuajes y sonrisa de super estrella.
“Hi, How you going mate?, thanks for coming” Me dijo deteniendo unos instantes su marcha.
Me quedé mirándolo y tratando de recordar de que conocía a aquel portento.
La playa estaba abarrotada de gente. Era uno de los primeros fines de semana con temperatura de verano. Además de los competidores y sus acompañantes eran cientos los que en la playa de ST Kilda se encontraban ajenos al evento. Multitud de europeos que pasaban sus “work and holidays” en Melbourne, asiáticos curiosos y fascinados no solo por estar en Australia si no por ser testigos de una competición.
A la hora prevista sonó el bocinado de salida y me lancé al mar con mi característica carrera de entrada, rodillas altas, zancadas largas, unos cuantos delfines y desde las primeras brazadas nadando como si un tiburón estuviese persiguiéndome.
Durante las carreras me convierto en otra persona, un animal de la competición. No recuerdo el paisaje que veo en bici, no soy consciente de la temperatura del agua o de si las zapatillas me molestan corriendo. Cuando compito en el mar solo pienso en seguir al que esta delante, buscar brazadas eficientes y no desorientándome si voy en cabeza. En aquella ocasión no fue así, aquel día algo tan potente como nadar entre cientos de medusas, de diferentes colores y tamaños me tenia desconcentrado.

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Tras los 5km del “Australian day” en Brighton.

Es cierto que en Australia hay bastantes criaturas marinas, tanto de las que a uno le gustaría encontrar como las que no. Normalmente entreno en aquella playa y nunca había visto nada más allá de una pequeña medusa. Cerca de ahí si había encontrado varias rayas, delfines, una foca y hay videos de un tiburón paseando por el Pier. Ballenas, cocodrilos, pulpos letales son parte de la fauna marina que por aquí habita aunque por el momento nunca los he encontrado. Supongo que las medusas estaban allí para hacer épica la carera, como épico y memorable fue la semana que pase impartiendo un “training camp” en el norte de Australia.
John, un triatleta que conocí en el país Vasco. Desde que llegué a Australia John ha tratado de que fuese a entrenar con sus compañeros. Tras casi dos años en Australia terminé viajando a su pueblo para pasar una semana entrenando y organizando un par de jornadas de entrenamiento con los triatletas del pueblo. Yeppoon es una pequeña localidad en Queensland en la linea del trópico de Capricornio bañado por las famosas aguas del mar del Coral. Yeppoon el el típico lugar que todos los europeos imaginan como es Australia verdaderamente. Playas enormes, clima tropical, “bogans” con sombreros australianos conduciendo sus “utes” sin poner cuidado en lo que comen o beben. Yeppoon podría ser a Australia lo que Campillo de Altobuey a España; salvando grandes diferencias.

Poco después de aterrizar y dejar mi equipaje me fui a la playa y sin dudarlo me lancé a nadar. Una hora entrenando en el paraíso, una hora de inconsciente riesgo para un Campillano de secano.
Tras finalizar mi sesión, mientras tomaba el sol, volví a ver a Sarah, la hija de John. Sarah es la típica chica Australiana: Rubia, guapa y muy despreocupada.

-Este sitio es el paraíso, para los europeos, es la verdadera Australia- le comenté.
-Lo se, es genial, me gusta este lugar.
-Además aquí puedes nadar todo el año, ¿tu sueles nadar?
-No demasiado. En verano es bastante peligroso, hay unas minúscula medusas que son mortíferas y también el pulpo azul que puede matarte casi al instante- me dijo con un semblante neutro, como quien habla de algo habitual.
-¿Y en invierno?- Le pregunté con una sonrisa nerviosa.
-En invierno hay menos tiburones y apenas medusas pero si que hay caimanes, el otro día vieron un par- me respondió sonriendo al contemplar como empezaba a ponerme nervioso. – Mi madre suele nadar casi todos los días en invierno, no creo que pase nada- continuó casi riendo. -La próxima vez mejor nada con el neopreno. terminó por aconsejarme.
-A ver como le dicen a mi madre que su hijo ha sido atacado por un tiburón, creo que sería tan cómico como trágico, suena como una broma.
-Los tiburones no suelen dar problemas. ¿Ves ese barco que va por las boyas blancas? Va dejando comida para que no se acerquen más a la costa- Volvió a decirme mientras señalaba a una pequeña embarcación que estaba detenida cerca de una boya a unos 300 metros del donde nos encontrábamos.
-¿En serio? ¿Me estas vacilando?- le pregunté riendo y con cierta incredulidad.
-Si, pero no te preocupes, he oído que los tiburones no atacan a los europeos.
-No hay nada que temer entonces, se puede ver claramente que soy europeo, o por lo menos no de por aquí.

Como le dije a Sarah, seria surrealista que alguien le tuviese que comunicar a mis padres que su hijo había sido deborado por un tiburón en Australia. Al día siguiente nadé con el neopreno, no sin cierto nerviosismo. Tenia que hacerlo ya que para eso me habían invitado, para que les enseñase mis destrezas en el agua. Terminé pensando que las posibilidades de morir atropellado mientras montaba en bici eran infinitamente más altas que la de hacerlo atacado por un animal marino en aquellas playas paradisiacas.
Retomando la competición; mientras nadaba mi gran preocupación era que una de esas enormes medusas azules se posase en mi cara. Había lugares en los que apenas se podía ver el fondo porque lo tapaban decenas de medusas. Desde el primer momento fui en cabeza y apenas miré hacia atrás, tampoco puse mucha atención en hacer el trayecto más corto hacia las boyas que señalaban el recorrido. No sería el primero al que se le pica una medusa en la cara mientras esta nadando, a muchos le ha ocurrido, por eso lo más importante era esquivarlas, si conseguía evitarlas sabía que la victoria sería mía.

No se si fue por la precaución o por mi pasaporte español pero lo cierto es que ninguna de ellas me atacó y aliviado toque con mis dedos la arena de la playa, me incorpore y empecé a correr hacia la meta con una sonrisa que no pasó desapercibida para el “speaker” de la St Kilda Mile que comentó sobre el beso que le di a Jessica antes de agarrar la cinta que se sujetaba en el arco de meta. Había ganado la primera edición de la prueba! No podía creer lo que había llegado a desafiar al destino!

-Mamá, Hilario le ha ganado a Michel Klim!- podía escuchar mientras Jessica hablaba por teléfono con su madre. Al parecer ese era el nombre del nadador que me había saludado antes de la prueba, toda una leyenda de la nación australiana.

Cruzar la meta en primera posición además de una curiosa anécdota fue todo un empujón a mi nueva carrera como entrenador de triatlón para Tri-Alliance. Eran 3 o 4 las triatletas del club las que me miraban con orgullo, contentas de saber que su nuevo entrenador sabia lo que hacia. Vinieron a darme la enhorabuena y preguntarme como lo había logrado.
-Suelo entrenar aquí, pero nunca lo haría si veo tantas medusas. El lunes por la noche estaré en la piscina, me encargaré de que el año que viene gane alguna de vosotras- comente con una sonrisa.

Mis atletas estaban contentas, Jess orgullosa y yo tenia una foto con el tal Michael Klim como primer ganador de la St Kilda half mile en mi Facebook. No podía disimular la alegría y no dejaba de pensar lo cómica que puede ser la vida. Un chico de un pueblo rural de Cuenca, de una familia de agricultores, ganando una medalla por llegar en primera posición en una competición de natación en aguas abiertas en Melbourne, Australia; sin duda la vida es una maldita broma.

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Con Michael Klim.

No tengo ninguna cualidad especial, seguramente más defectos que virtudes. Me gusta pasar tiempo conmigo mismo, soy desorganizado con todo menos con mi tiempo, empiezo muchas más cosas de las que termino y realmente creo que tengo problemas con la concentración. Me paso horas leyendo Wikipedia y viendo videos sobre historia en youtube. Habitualmente suelo caer rendido entre las 9 y las 10 de la noche y me despierto pasadas las 5 de la mañana. Sinceramente pienso que mi única virtud es la curiosidad, la que me lleva experimentar y es eso lo que me hace vivir situaciones particulares, la misma curiosidad que me hizo empezar a nadar ha sido la que por ejemplo me trajo a Australia hace poco más de 4 años, a estudiar psicología, a escribir…

La curiosidad siempre me ha llevado al inconformismo, a estar en movimiento. Nada me ha saciado; ni personas ni lugares. Normalmente los ídolos se han caído demasiado rápido y los lugares se han vuelto aburridos. Las actividades que todos hacen me parecían poco originales y me he atrevido a sorprenderme mejorando lo que sal principio solo era una ilusión. Muchos han sido los reveses que me he llevado pero siempre ha sucedido algo sistematicamente después de cada uno de ellos: Tras un golpe, mi vida ha terminado mejorado.
Aquella prueba la gané, como lo he hecho en media docena de ocasiones; pero hay más de un centenar de intentos en los que no he logrado la victoria, esto es algo como la vida misma!

Aquel día no podía terminar de otra manera que no fuera con una fiesta. Perdí la cuenta de las Coronitas que bebí; Ollie, el director de Tri-Alliance no dejaba de pedirlas. Pasé toda la tarde repasando como han estado unidos deporte y desarrollo personal. Lo mejor del deporte no es ganar una medalla o un buen físico… lo mejor del deporte el la actitud que uno adquiere practicándolo.

La victoria de aquel día no ha sido mi logro más importante en el deporte, pero quizá haya sido el más curioso y revelador. Aquel joven nadador autodidacta, ese que utilizaba la natación como una especie de terapia le tocaba ganar, no porque me lo mereciese, si no para demostrarme a mi mismo que todo esfuerzo y dedicación tarde o temprano, donde menos lo esperes o aun sin esperarlo, tiene una recompensa. Creo que esto sucede tanto en el deporte como en todo en la vida.

Cuando entro en una espiral pesimista, cuando no llega el resultado esperado o la recompensa a una acción; cuando pienso en alguna injusticias recuerdo aquel día. Si no doy con una solución en el trabajo o a los problemas de mi vida cotidiana, cuando pienso que algo es complicado, improbable o imposible también recuerdo aquel día y todo me parece mucho más “solucionable” ¿Hay algo más complicado e improbable que aquello? Si me pongo a pensar me doy cuenta que solo se trata de tener curiosidad y dejarse sorprender por uno mismo.

Tras la competición este fue mi post en Facebook:

“10 years ago I was having the worst time of my life, I was a Spanish depressed country boy with out any direction. Today I’ve won an open water race in Australia. Fuck, life is ridiculous”

“Hace 10 años estaba en el peor momento de mi vida, deprimido en mi pueblo de Cuenca sin saber que rumbo tomar. Hoy he ganado una competición de natación en Australia; la vida es una jodida broma”

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