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Más lejos.

Segundo de primaria parecía todo un reto al terminar el curso anterior y así ocurrió durante todo el año, solo en septiembre al comenzar tercero dejo de serlo. “Verás que difícil es segundo” comentaban los que tenían un año más que yo, tratando no se si darse cierta importancia o de meterme el miedo en el cuerpo.

El aprendizaje pasa por abordar una destreza más compleja una vez se tiene dominada la que se esta llevando a cabo. Volver a la anterior no requiere un nuevo desafío y además puede resultar aburrida y alienante practicarla de nuevo.
Pasar de curso en primaria era un camino marcado, pero según se va avanzando en la vida uno tiene que elegir a que curso pasar, también llega un momento que quizá lo más coherente es repetir una y otra vez, algo inconcebible para los espíritus más inquietos.

Lo complejo no esta siempre en el proceso de habituarse a un nuevo estado y pasar a uno más avanzado; lo realmente complicado es creer que no se ha tocado techo y tener la esperanza de que hay algo mejor ahí fuera esperándote, captando tu atención, algo genuino y que no solo se traten de estúpidos adornos de lo actual, algo por lo que sentir ilusión al levantarse cada mañana.

El humano por naturaleza es curioso y busca ir más allá, esa es la clave de que no sigamos muriendo resignados en una cueva alimentándonos de lo que encontramos. No nos conformamos con movernos por la tierra, tuvimos que conquistar los mares y seguir por los cielos; ¿qué será lo siguiente? Somos humanos y cegados por alcanzar el futuro incierto abandonamos el presente y terminamos sufriendo el ahora. Buscamos vida en Marte olvidando la que tenemos en nuestro propio planeta y con todo esto sucede que el ambicioso ciudadano de a pie se queda desorientado a mitad de camino entre lo que fue un pasado glorioso y un futuro incierto.

Es tan horrible como confortable dejar de sentir, repitiendo curso continuamente. Es terrible aburrirse adormecido por el recuerdo, la melancolía de la melancolía, sentirse plano. Añorar los tiempos de las montañas rusas de emociones y quedarse observando sin ofrecer ni demandar.

Habrá quien se aferre a una religión para confiar en que llegarán las soluciones, para saber que cuenta con una ayuda ahí arriba o al menos que todo esfuerzo y sacrificio tendrá una recompensa ya sea aquí o en el más allá. Otros puede que recurran a la religión simplemente buscando “problemas” alguna complicación en una vida plana, un destino navegando sin rumbo rumbo.

Cuando se cree que se ha tocado techo es más complicado incluso que hacer justamente lo contrario, al menos el camino a seguir es más claro. Hay un momento critico en el que no se sabe como se puede mejorar, especialmente cuando la satisfacción se ha conseguido de forma simple y con lo más básico ha sido suficiente para encontrarse pleno. Se puede llegar a creer que la única forma de mejorarlo es añadiendo lo estúpidamente artificial, con genéricos que crean decepciones en vez de lo que venden como felicidad.

Llega un punto en el que añadiendo más dosis no es suficiente. Cuando los momentos se digieren pero no degustan se empiezan a encontrar sin sabores, decepciones y la maldita culpabilidad. Uno extraña el pasado, aborrece el presente y teme al futuro.

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